Los marcianitos de azulejo de Invader parecen nostalgia de los recreativos de bar, pero la experiencia que proponen es completamente actual. La clave está en Flash Invaders, la app oficial: cuando encuentras un mosaico lo escaneas, y ese "flasheo" confirma que estuviste allí, suma puntos y entra en un juego compartido con miles de jugadores. La obra vive así una doble vida, en la pared y en la app, y eso transforma lo que significa mirar arte en la calle: ya no es un encuentro casual que consumes al pasar, es una búsqueda que te hace recorrer la ciudad de otra manera, más despacio, mirando más arriba, revisando los rincones que nadie mira. En un espacio público comercializado y vigilado, Invader ha metido el asombro por la vía del juego: ver se convierte en jugar, y jugar en una forma de conocer la ciudad. En nuestra próxima visita a París, con mis hijos de 10 y 8 años, iremos a ver el Louvre y después a cazar Invaders y meternos por sitios que de otra manera no hubiésemos descubierto.
Trazadas y explicadas por personas: la razón es lo que las hace valiosas.
«Los no-lugares de Augé pueden convertirse en punto de encuentro añadiendo una capa artística y lúdica como Invader.»