Imagina un museo con salas llamadas "Melancolía", "Inquietud" o "Ternura" en vez de épocas y autores: mismo contenido, otro mundo. Con esa imagen comienza este ensayo para contar un siglo de intentos de ordenar el conocimiento: Otlet quiso meterlo todo en millones de fichas de cartón conectadas entre sí, Bush imaginó el Memex, una máquina que enlazaba documentos por asociaciones como hace el cerebro y los modelos de lenguaje actuales han disuelto las categorías en una geometría del significado: cada concepto es un punto en un espacio y estar cerca es parecerse. El autor lo remata construyendo su propio atlas, con los libros agrupados por lo que le hicieron sentir al leerlos, no por disciplina ni por autor. Un recorrido que para Mundara es como un álbum de familia.
Trazadas y explicadas por personas: la razón es lo que las hace valiosas.
«Un ensayo sobre cómo la estructura es interpretación y define el contenido... y su ejemplo perfecto.»
«Ambos parten de una misma intuición: que el pensamiento no tiene por qué organizarse como un árbol con raíz y jerarquía, sino como un rizoma o una red, donde cualquier punto puede conectar con cualquier otro y el orden mismo se convierte en una interpretación del mundo.»