David Nebreda es, para mí, uno de los grandes fotógrafos de este país y, sin embargo, continúa siendo una figura apenas conocida fuera de círculos muy reducidos.
Su obra ha permanecido siempre en un territorio difícil de clasificar y todavía más difícil de mirar. Un trabajo que transita los límites entre el cuerpo y la imagen, entre la destrucción y la regeneración, entre la vida y la representación.
Pero quizá ahí reside precisamente su singularidad. Nebreda ha construido una obra desde los márgenes, lejos de los circuitos convencionales y de cualquier comodidad estética. Una obra radical, incómoda y profundamente personal que no puede reducirse a las circunstancias biográficas que la atraviesan.
Reivindicar a Nebreda es también reivindicar a esos artistas que trabajan en territorios fronterizos, allí donde las categorías se vuelven insuficientes y el arte deja de ser solamente una forma de representación para convertirse en una necesidad vital.
Trazadas y explicadas por personas: la razón es lo que las hace valiosas.
«En la obra de Nebreda, el cuerpo es al mismo tiempo presencia, herida, identidad y territorio de transformación. En Resurrection, Bi Gan convierte también el cuerpo en un lugar de tránsito: un cuerpo que sueña, que cambia, que se transforma y que atraviesa distintas vidas, tiempos e identidades.»
«Ambos sitúan el cuerpo en un territorio que va más allá de su representación habitual. En David Nebreda, el cuerpo se convierte en materia, límite y experiencia; en el universo de David Lynch, puede transformarse en fragmento, sombra o presencia inquietante. En ambos, el cuerpo deja de ser únicamente una imagen para convertirse en un territorio de exploración.»